Com serà el cinema el 2014?

Siguiente pantalla: el cine en 2024
Aventuramos cómo se harán y verán las películas dentro de 10 años con motivo del estreno de la fábula futurista ‘El congreso’


Gregorio Belinchón i Ángel Luís Sucasas. EL PAÍS. 24/8/2014

Robin Wright entra en una gran sala. Ha vendido su cuerpo —y su alma, aunque ella no lo sepa— a una major, un gran estudio de Hollywood. Por una impresionante cantidad de dinero, el estudio ha comprado su imagen cinematográfica para hacer todo tipo de películas —incluso de acción, de las que abomina Wright— durante los próximos 20 años, y ella seguirá eternamente joven en pantalla. Pero cuando la actriz se deja escanear voluntariamente no es consciente de lo que significa de verdad ceder su identidad fílmica.

Así arranca El congreso, de Ari Folman, que se estrena el próximo viernes, adaptación libre deCongreso de futurología (1971), de Stanislaw Lem, con mezcla de imágenes de animación y de carne y hueso, y Robin Wright interpretándose a sí misma. Una visión de Doctor Fausto en tiempos cinematográficos de recreaciones digitales, de anuncios en los que Charlize Theron interactúa con Grace Kelly o Marilyn Monroe. ¿Es así el cine que nos espera? ¿Cómo será el cine dentro de diez años? ¿Pasará como en El congreso, habrá filmes con actores virtuales? ¿Las veremos desde casa con unas gafas que nos hará sentir como si estuviéramos en una sala de cine? ¿Y cómo se harán esas películas?

Francis Ford Coppola aseguró al principio del verano que el futuro del cine pasa por hacerlo “en vivo”, como si fuera teatro digital o la retransmisión de una ópera. “Podría haber un 30% filmado previamente, y los actores estarían en directo. En realidad, ya puedes hacer cualquier cosa, y eso incluye el cine en vivo. ¿Si yo crearía algo así? Por supuesto. Soy muy optimista con nuestro futuro, el cine es algo demasiado grande como para ser derrotado”. Con ese optimismo concuerdan casi todos los cineastas. Ari Folman, que sorprendió a medio mundo con su filme precedente, el documental de animación Vals con Bashir (2008), lo tiene claro: “Por supuesto, siempre habrá cine y espectadores. Yo ahora mismo estoy adaptando en animación los diarios de Ana Frank. Y no lo haría si no creyera en lo que hago. Ahora bien, dentro de una década el cine se parecerá… puede que a los videojuegos actuales, con toda esa recreación digital. Sí creo que habrá que luchar por que las grandes corporaciones no devoren la creación. Porque, ¿pueden esos personajes computerizados crear el mismo entusiasmo? Y lo peor, ¿importa realmente?”. Cabe preguntarse si esto está ya sucediendo. Folman responde divertido: “No te engañes, mi película no es de ciencia ficción, es un documental social”. Para apoyar la broma, saca un dato: “La sala de escaneo en donde informatizan el cuerpo, la cara y las emociones de Wright existe de verdad en Los Ángeles. Nos planteamos hacer una en un plató, hasta que nos avisaron que no hiciéramos el esfuerzo, que podíamos rodar en una real”.

Los actores empezarán a firmar contratos con cláusulas de salvaguarda de la imagen digital. “En España no conozco algo tan radical”, cuenta el representante Antonio Rubial, uno de los más poderosos del país. “Pero es cierto que, por ejemplo, María Valverde y Mario Casas cedieron su imagen animada para un corto el año pasado, y ahí se abría un nuevo camino”. Rubial reflexiona sobre esas nuevas posibilidades: “Sería fantástico siempre que se controle. ¿Por qué no? Actores digitales, como efectivamente ya hay en anuncios que resucitan viejas glorias”. Otros creadores a la vanguardia del cambio son los directores de fotografía. Entre los jóvenes españoles, el más prestigioso es Pau Esteve Birba (Barcelona, 1981), premiado en San Sebastián y en los Goya por su trabajo en Caníbal (2013), y que en Hermosa juventud ha mezclado en pantalla acción real con redes sociales e imágenes desde móviles. “La creación será más sencilla, con cámaras pequeñas y fáciles de manejar. Espero que el futuro apueste por la frescura. Y tarde o temprano triunfará la realidad virtual, que abordará el cine con apuestas como Oculus, que permite al espectador una visión de 360º”. Con la caída de espectadores, Esteve cree que “se impulsará la megaexperiencia en las salas, que primarán formatos de ese estilo”. ¿Y cómo afronta un director de fotografía un rodaje en 360º? “La técnica cambiará, aunque el concepto será el mismo: seguiremos hablando de luz, texturas y atmósferas. Al final, una película es una película y seguiremos contando historias”.

<a href="https://culturadigitaldotblogdotgencatdotcat.files.wordpress.com/2016/02/el-congreso.jpg&quot; los creadores, a la distribución y la exhibición. Los primeros se mesan las barbas ante un futuro difícil, al que encaran con iniciativas como Cineonline, web española que estrena directamente películas no vistas en la gran pantalla y que funciona en sí misma como un multicine —el espectador entra en estas salas virtuales y escoge la película, que deja de estar disponible tras su vida comercial online—. Pero los exhibidores hablan de grandes oportunidades. El año pasado cada europeo no llegó a ir al cine de media ni dos veces (1,8) y el espectador español solo lo hizo en 1,7 ocasiones. Sin embargo, Jan Runge, director ejecutivo de UNIC, la unión que agrupa a los exhibidores europeos, está seguro: “La proyección de cine por Europa en 10 años será aún más fuerte que ahora”. Runge considera apropiados tantos los precios —”Es una de las experiencias de ocio fuera de casa más asequibles”— como el número de pantallas de la Unión Europea: en 2013 eran 29.958 (una por cada casi 17.000 habitantes).

En Reino Unido, por ejemplo, Philip Knatchbull, exhibidor de la cadena Curzon, está ampliando su oferta de pantallas, y apuesta a la vez por el cine en las salas y en streaming: “El público tiene el control y hay que darle lo que pide cuando lo pide”. Knatchbull intervino entusiasmado en el festival de Cannes en un encuentro sobre estrenos multiterritoriales y multiformato (sobre todo en salas a la vez que en Internet), a raíz de un experimento financiado por la UE para buscar la solución ideal para la industria. Runge, que también participó, está bastante menos convencido: “Estrenar país por país y al principio solo en las salas dar valor a la película. Y las plataformas digitales en su mayoría no han sabido mostrar ningún dato sensato sobre su contribución económica y cultural al cine europeo”. ¿Qué pasará, entonces, con las salas? Ya hay cines donde se puede cenar durante la película o que ofrecen proyecciones VIP, ya sea con pantallas más amplias, audio 3D o las últimas vanguardias tecnológicas: se paga más y se obtiene más. “Todo lo que añade valor para el cliente y ayuda a diferenciar el cine en salas de un visionado en casa es positivo”, sentencia Runge.

¿Cómo hacer del cine una experiencia insustituible en el hogar? A lo mejor no se puede. James Cameron, George Lucas y Peter Jackson, los tres todopoderosos del séptimo arte más comercial, entraron en una sala de proyección para ver una tecnología que se prometía revolucionaria. De pronto, antes de que empezara la función, las luces se apagaron. El proyeccionista apareció en escena, pidió disculpas y les dijo que se tenían que marchar. “Al salir, yo les decía: ‘¿Qué os ha parecido?’. ‘¡Si no hemos visto nada!’. ‘Eso [el proyeccionista] fue la demostración’. Pedían volver a entrar inmediatamente”. El bromista es el oscarizado Douglas Trumbull, autor de los efectos visuales de 2001. Una odisea en el espacioEncuentros en la tercera faseBlade runner. Trumbull se encuentra trabajando en un sistema de proyección revolucionario: “Es idéntico a la realidad. El ojo no lo distingue. Lo que sucede es un efecto muy parecido al teatro. El público percibe al actor como si lo tuviera delante”. Por eso en su demostración de este avance, la película Ufotog, el reparto se dirige directamente al público, como si fuera un directo. Trumbull ha bautizado a esta tecnología como Magi. Y el milagro se logra básicamente con tres efectos combinados: mayor resolución, mucha mayor luminosidad (gracias a la proyección láser) y 120 imágenes por segundo. El cine convencional hasta ahora solo se ha movido en los 24, salvo en el controvertido estreno de El hobbit: un viaje inesperado a 48 fotogramas por segundo. “Hay que hacerlo bien. Cada vez vemos secuencias de acción más veloces, y el movimiento se vuelve borroso porque no tenemos las suficientes imágenes por segundo para mostrarlo tal y como es”. Su apuesta es cara, a 100 euros la entrada. “La clave es convertirlo en un evento. Ahora mismo, no hay mucha diferencia entre ver una película en casa y hacerlo en el cine”.

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